14 oct. 2010

PRESOCRÁTICOS (XIII): Los pluralistas – Leucipo y Demócrito

Los principales representantes del atomismo fueron Leucipo de Mileto y Demócrito de Abdera. De Leucipo poco se sabe: se desconoce el lugar de nacimiento (aunque se barajan varias posibilidades: Abdera, Melos, Mileto, Elea o Clazomene) así como la fecha del mismo, mientras que su muerte se presupone en Abdera hacia el 450-430 a. C. Lo más curioso de esta figura es que, a día de hoy, todavía se especula sobre su existencia real. Epicuro consideró la posibilidad de que nunca hubiese existido y que Leucipo, como gran físico, fuese una invención de Demócrito para darle prestigio e importancia a su doctrina. No obstante, autores como Aristóteles, Simplicio o Sexto Empírico comentaron su obra y esto, para muchos, supone una prueba potente de que Leucipo sí que existió realmente. Sea como sea, haya existido o no, su doctrina y la de Demócrito son esencialmente la misma por lo que seguiremos a este sin riesgo de perdernos nada.

Ateniéndonos a criterios estrictamente cronoló­gicos, Demócrito no puede ser considerado un presocrático puesto que su edad estaba comprendida entre las de Sócrates y Platón. De todos modos, debido a la temática central del atomismo así como a la imposibilidad material de separar las doctri­nas de Leucipo (que sí sería anterior a Sócrates) y Demócrito, se ha establecido el convenio historiográfico de considerar al atomismo como un representante más de la filosofía presocrática. Demócrito, que vivió entre el 460 a.c y el 370 a. C. en Abdera, fue discípulo de Leucipo y continuador de su pensamiento, aunque es conveniente señalar que la contribución de Demócrito a la elaboración de la doctrina filosófica del atomismo fue, cuando menos, tan importante como la de su maestro (si es que este existió, claro está).

Los atomistas ofrecieron una respuesta más audaz y más radical a Parménides, que las que se habían dado con anterioridad. Aceptaron, al igual que Empédocles y Anaxágoras, la afirmación según la cual de una única realidad no puede surgir la pluralidad y, por tanto, el principio material que aceptemos tiene que ser plural y no unitario. Aceptaron igualmente como válidas la mayoría de las cualidades que Parménides le atribuye a la verdadera realidad (que en su caso recordamos que era el Ser): inengendrada, indestructible, inmuta­ble, finita, compacta, homogénea e indivisible. En definitiva, admiten todas las características del Ser menos dos: la esfericidad y la unicidad. Y con estas características (plural, irregular, inengendrada, indestructible, inmuta­ble, finita, compacta, homogénea e indivisible) definen los atomistas su principio material: el átomo.

Veamos como procede la argumentación de los atomistas: Partimos de la afirmación parmenídea de que no puede haber más que una única realidad y se estudia el razonamiento que conduce a dicha afirmación. Si fuese cierta, de una unidad sin movimiento no puede surgir la pluralidad que se da en la realidad, por lo que la respuesta de Parménides no nos sirve para entender nuestro mundo. Si por el contrario admitimos la pluralidad de la realidad y tenemos que explicarla entenderemos que entre los existentes, por fuerza ha de haber alguna separación real entre ellos, de lo contrario no captaríamos una pluralidad de “cosas”, sino una única realidad. Ahora bien, si entre aquella pluralidad de cosas distintas que existen hay realmente separa­ción ¿qué es lo que se interpone entre ellas? No cabe contestar "algo real", pues estaría­mos en la situación de una única realidad continua ¿Se interpondrá “algo no real”? La respuesta con Parménides no se hubiese hecho esperar: "Algo que no es real (No-Ser) no puede interponerse (puesto que el No-Ser, no es)". Algo no real es algo que “no es” y por tanto no puede dividir ni interponerse, puesto que “no sería”, no existiría. Ante este dilema los atomistas van a dar muestras de su sutileza intelectual: dirán que el vacío es lo que se interpone entre las distintas realidades. Los atomistas están dispuestos a conceder que el vacío es algo irreal, siempre que por real se entienda la materia existente; pero afirman que, si por real se entiende aquello que efectivamente hay, entonces el vacío es tan real como cualquier realidad material. Podemos decir por tanto que el vacío existe aunque carezca de realidad (aunque carezca de Ser, que diría Parménides).

El papel que desempeña el vacío en el atomismo es decisivo. No sólo hace posible la pluralidad, sino también el movimiento. Anaxágoras, como acabamos de ver, había admitido una pluralidad de realidades originalmente mezcladas en una masa compacta. Al no admitir el vacío, estas realidades quedaban aprisionadas, necesitando algo que las pusiese en movimiento (el Nous que les imprimía un movimiento “arremolinado”). Una vez admitido el vacío por los atomistas, no encuentran dificultad en defender que los átomos se muevan libremente por él. La pregunta por el origen del movimiento tiene sentido en Empédocles y Anaxágoras, pero no lo tiene en el atomismo.
Los átomos se mueven eternamente en el vacío y, gracias a los choques fortuitos entre átomos y a que estos tienen formas irregulares, van quedando engarzados unos con otros dando lugar así a los seres naturales tal como hoy los conocemos.

El atomismo constituye el primer materialismo (creencia en que lo único que existe es la materia) militante de la historia de la filosofía. Leucipo y Demócrito explican la existencia del movimiento sin necesidad de recurrir a ninguna fuerza que se diferencie de la materia que constituye a los seres físicos. Por lo tanto, no dejan ningún resquicio a la posibilidad de distinguir entre espíritu y materia. Hasta el alma estaba constituida para Demócrito por un tipo especial de átomos que se renuevan constantemente mediante la respiración, entrando y saliendo del cuerpo. Cuando parecía que nos acercábamos irremisiblemente a la consecución definitiva de tal distinción, entre cuerpo y alma, materia y espíritu, los atomistas se alejan enormemente de ese plante­amiento. Ellos tienen presente un modelo mecanicista de la naturaleza llevado hasta sus últimas consecuencias: El universo no está presidido por plan alguno trazado por una inteligencia trascendente, ni tampoco debemos buscar ninguna finalidad inmanente. Todo lo que existe es producto del movimiento aleatorio y no guiado de la materia (átomos) y esto tendrá unas consecuencias éticas que acabarán emergiendo en el hedonismo (postura filosófica que se basa en la búsqueda del placer y la evitación del dolor como objetivo principal de la vida humana) de Epicuro. Más que esto, basándose en su materialismo, los atomistas concebirán un auténtico y legítimo hedonismo del que en un futuro prometo hablar, en una catorceava entrada sobre los presocráticos que, por el momento, tendrá que esperar. Me reservaré para entonces comentar las mejores anécdotas en torno a la figura de Demócrito, sobre todo, y ensayar el por qué su sistema filosófico (completo, coherente y más que interesante) ha pasado sin pena ni gloria a la historia de la filosofía.

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