17 oct. 2010

PRESOCRÁTICOS (X): La escuela de Elea – Zenón y Meliso


La escuela eleática ya tenía su doctrina principal, la filosofía de Parménides, y para fortalecer la misma los autores que continuaron en su línea apoyaron (como Zenón de Elea) y discutieron parcialmente (como Meliso de Samos) el pensamiento parmenídeo, partiendo de sus principales preceptos.

El más famoso de los discípulos de Parménides fue Zenón. También fue natural de Elea y nació en los años comprendidos entre el 490 y el 485 a. C. Su nombre aparece siempre ligado al de su maestro, ya que su filosofía se elaboró como defensa del pensamiento parmenídeo: en concreto, como apoyo a la doctrina sobre el Ser y su naturaleza. Su método consistía en reducir al absurdo las hipótesis de aquellos que atacaron la filosofía de su maestro, mostrando cómo se llegaba deducti­vamente a consecuencias contradictorias si se aceptaban tales hipótesis. Las hipótesis contra las que dirigió de un modo especial su habilidad destructora fueron dos, a saber, la pluralidad (recordamos que Parménides sostenía que el Ser es Uno) y el movimiento (recordamos que Parménides sostenía que el Ser es Inmóvil); características ambas (pluralidad y movimiento) que todos los pensadores, con la excepción de los eleáticos, habían asignado siempre a la Naturaleza como algo intrínseco a la misma.

Contra el pluralismo (apunto, para que nadie se pierda, que hablar del “pluralismo de la realidad” es hablar de la multiplicidad y variedad que existen en la realidad. El problema para muchos era que la filosofía de Parménides no podía explicar cómo desde el Ser, si es Uno, inmóvil e inalterable, se ha podido derivar todo lo que existe en la realidad y que percibimos como cosas totalmente distintas entre sí) se conservan dos argumentos de los más de cuarenta que confeccionó. Estos dos argumentos son:

1) Si la realidad consta de una pluralidad de unidades, éstas, o bien tienen magnitud, o bien no la tienen. En el primer caso, si consi­deramos una línea recta formada por unidades dotadas de magnitud, esta línea será infinitamente divisible, lo que la convierte en una línea compuesta de infinitas unidades con magnitud, o lo que es lo mismo, una línea cuya magnitud es infinita. Dado que podemos decir lo mismo de todas las cosas, la conclusión es que todas las cosas son infinitamente grandes. Por si esto no se entiende pensémoslo de la siguiente manera: Una línea que va de “A” hasta “B” siempre puede ser dividida por la mitad. A ese punto intermedio lo podemos llamar “C”. Ahora bien, desde “A” hasta “C” también podemos calcular una mitad a la que llamaremos “D”. Y de “A” hasta “D” tendremos la mitad “E”, y de “A” hasta “E” la mitad “F”, etc. etc. etc. Si aceptamos esta regresión hasta el infinito nos daremos cuenta de que en una “línea limitada”, existen infinitos puntos y, por tanto, dicha “línea limitada” sería infinita y esto, claro está, es un absurdo.

2) Si por el contrario sostenemos que las unidades de las que está compuesta la realidad carecen de magnitud, entonces el universo entero carecerá de magnitud y por ello, todas las cosas que pueblan este universo serán infinitamente pequeñas. Esto equivale a decir que las unidades que componen la realidad, al carecer de magnitud y ser infinitamente pequeñas, serían inapreciables por no decir “inexistentes”. Por esta razón, mediante esta explicación, tampoco se puede explicar la pluralidad real.

Los argumentos contra el movimiento que Zenón diseñó fueron cuatro. El movimiento puede ser concebido como continuo y uniforme o como una sucesión de pequeños saltos, como la sucesión de fotogramas en una proyección cinematográfi­ca. Los dos primeros argumentos van dirigidos contra la primera forma de conce­bir el movimiento, y los dos últimos tratan de rebatir la segunda. Para no enumerarlos todos veremos un ejemplo de cada tipo de argumento:

1) Aquiles y la tortuga: Imaginemos que Aquiles, el guerrero más veloz de toda Grecia, es retado por una tortuga a competir en una carrera. Aquiles, confiado en sus posibili­dades, concederá una cierta ventaja a su competidora. Pues bien, según Zenón, Aquiles no podrá alcanzar a la tortuga por mucho que corra. La explicación es la siguiente: para cuando Aquiles llegue al lugar del que partió la tortu­ga, ésta debe encontrarse ya en otro punto; cuando Aquiles alcance ese segun­do punto, la tortuga deberá encontrarse en un tercero, y así “ad infinitum” (hasta el infinito).

2) La flecha disparada: Si disparamos una flecha, en cada instante de tiempo ocupará una posición bien determinada del espacio. Pero ocupar una posición determinada en el espacio es lo mismo que estar inmóvil. Por consiguiente, el movimiento de la flecha estará compuesto por una sucesión de “estados de inmovilidad” de la propia flecha, lo cual es contradictorio.

Meliso, nacido en Samos probablemente hacia el 470 a. C., también dedicó su vida intelectual a la propagación de la doctrina de su maestro Parménides. Pero de Meliso destacaremos no la defensa activa de la filosofía de su mentor, sino la crítica que realizó a uno de los aspectos más importantes de la misma: el Ser no puede ser finito sino que, por el contrario, debe ser infinito, sin principio ni final. El por qué de esto es simple: si el Ser es finito quiere decir que tiene límites y, de ser así, fuera de estos límites se hallaría el No-Ser (todo lo que está más allá del Ser “será” No-Ser), pero el No-Ser “no es”, no puede existir. El Ser, por tanto, debe ser ilimitado, infinito tanto en el espacio (cosa que Parménides negaba) como en el tiempo (cosa que Parménides afirmaba al sostener que el Ser es eterno).

Hay que tener en cuenta al estudiar a estos autores aquello que ya se dijo cuando veíamos el pensamiento de Parménides: La idea que subyace en todos ellos es que el testimonio de los sentidos contradice a la Verdad que es hallada por la razón. Percibimos el movimiento, la pluralidad o que todo es limitado, sí, pero todo es fruto de que confundimos lo que “no es”, con lo que “es”. Si consiguiésemos percibir sólo lo que realmente “es”, es decir, si fuésemos capaces de “ver sólo con la razón” (por decirlo de alguna manera), entonces captaríamos sin ningún problema que el movimiento, la pluralidad o la idea de que todo es limitado, no se dan “realmente”. Diógenes Laercio expresa esto de manera muy sencilla cuando al hablar de Meliso dice que este sostiene “que no hay movimiento, sino que parece que lo hay”.

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