25 oct. 2010

PRESOCRÁTICOS (II): Consideraciones generales de la filosofía presocrática. El paso del “mito” al “logos”



Aquí tenemos uno de los temas clásicos abordados en toda Historia de la Filosofía: el paso del “mito” al “logos”. En innumerables ocasiones se ha expresado que el nacimiento de la Filosofía se dio en la transición del pensamiento mítico (narraciones fantásticas de los poetas) al pensamiento discursivo o propiamente racional (llamado logos). Traduciendo: El griego de finales del siglo VII a. C. pasó de creer ciegamente en los mitos religiosos que narraban la creación del mundo y del propio hombre, a la explicación de estos fenómenos por medio del conocimiento racional de la realidad (a través de una “ciencia”, la Filosofía, basada en explicaciones mucho más rigurosas y elaboradas que pretendían dar como resultado un saber verdadero).

Esta idea trae consigo ciertas conclusiones que no son del todo ciertas: como la de creer que se produjo una ruptura radical entre una actitud (la mítica) y la otra (racional), habiendo una imposición absoluta de la segunda sobre la primera, quedando esta totalmente abandonada. Sin irnos a ejemplos rebuscados, baste ver como el propio Platón (que vivió tres siglos después de darse este paso del mito al logos) recurre a mitos y alegorías (como la de la caverna) para hacer llegar al pueblo llano sus enseñanzas filosóficas. Esto demuestra que el pueblo griego no abandona totalmente el pensamiento mítico, sino que más bien convive con ambos.

Para empezar, habría que tener en cuenta que la separación total entre narración mítica y discurso racional ya supone una imprecisión. El propio Aristóteles definiría tiempo después al creador de mitos como “cierto filósofo”. Para Aristóteles, el mito surge del mismo lugar que la Filosofía: a saber, el “asombro” del hombre ante el mundo que desconoce y del que pretende comprender su sentido. El mito, desde este punto de vista, es un intento de comprender la realidad y, como tal, ya presupone un cierto ejercicio filosófico, aunque ciertamente de menor profundidad y calado que el que se consigue desde la propia Filosofía.

No deja de ser verdad que el mito ofrecía un tipo de explicación más anclado en la forma religiosa y el “pensamiento mágico” que el logos que, como discurso racional, es capaz de obtener explicaciones más elaboradas, complejas y profundas (suponiendo con ello un avance intelectual con respecto a las narraciones míticas), pero lo que debemos entender es que, más que surgir por “arte de magia” de la nada, el pensamiento racional aparece como evolución del pensamiento mítico y también que, como ya se ha indicado, el mito no se extinguió totalmente con la llegada del logos, aún cuando sea cierto que este inauguró una nueva forma de explicar la realidad: la Filosofía.

Como vemos, hay cierta verdad y ciertas imprecisiones en la expresión tan aceptada comúmnente del “paso del mito al logos”.

Los motivos a los que se apuntan tradicionalmente para explicar esta evolución que supone el paso de la creencia mágica a la explicación racional son varios y están relacionados entre sí.

Por un lado, la diferencia existente entre un discurso oral y otro escrito: Los mitos habían sido siempre narrados de viva voz. Cuando el griego se dispone a escri­bir un pensamiento, tropieza con una dificultad: la escritura exige un análisis más riguroso y una ordenación más estricta de lo que se va a decir que la que era necesaria en el discurso hablado ¿Por qué? Pues porque las intenciónes perseguidas por el discurso mítico y el racional son totalmente distintas:

Mientras que el mito buscaba “fascinar” y “encantar” a la audiencia para atraer y mantener su atención, el logos buscará algo que parecía no importar en la narración mítica: la verdad. El “lector” busca que le demuestren que un pensamiento es verdadero (hecho que también redunda en la importancia del “logos” como saber escrito: el lector necesita tener el pensamiento por escrito para analizarlo y volver a él tantas veces como quiera o sea necesario) y pone por ello a examen dicho pensamiento para comprobar su veracidad.

La idea de “verdad” lleva implícita la de “demostración”, como vemos, pero también su idea contraria, la de “falsedad”: si logramos explicar de manera verdadera un hecho, las demás explicaciones de ese mismo hecho serán irremediablemente falsas.

Poco a poco, el pueblo griego va a ir destacando en importancia la actitud del sabio, del filósofo como “científico de la verdad”, como auténtico investigador que trata de encontrar lo verdadero y transmitirlo de la forma más fiel posible al resto de los hombres. No se trata ya de “divertir” a la audiencia, sino de “enseñarles”, de hacerles comprender en qué consiste lo verdadero porque conocer la verdad siempre redunda en un beneficio para aquel que la conoce. El hombre griego prefiere la verdad y su claridad a la oscura creencia incierta. Un historiador del siglo V a. C. como Tucídides, que trató precisamente de esclarecer la diferencia radical entre “verdad histórica” y “narración fantástica”, habló claramente de ello:

"A quien los lea, sin duda le parecerá que la ausencia de lo maravilloso en los hechos relatados disminuye su en­canto; pero si se desea ver con claridad en los acontecimientos pasados y en aquellos que, en el porvenir, en virtud del carácter humano que les es propio, presentarán similitudes o analogías, júzgueselos útiles y ello bastará: constituyen un tesoro para siempre antes que una producción ostentosa para el auditorio del momento"

O para ver el carácter de “falsedad” que algunos le atribuían ya al mito, nada mejor que ver la sentencia, tan breve como explícita, de Solón de Atenas (siglos VII-VI a. C.):

“Mucho mienten los poetas”

Como vemos, el logos, la razón, va ganándole terreno poco a poco al mito, la creencia.

Y es que el problema del mito, como el de todo pensamiento mágico, no es tanto su forma en sí, sino la actitud de aquel que los acepta sin someter a juicio aquello que acepta. El mundo se muestra incapaz de ser comprendido a través del mito, porque el mito sostiene que lo que ocurre, ocurre porque así los dioses lo han querido, siendo la realidad lo que es por simple azar ¿Para qué buscar entonces ninguna explicación? ¿Cómo encontrar una regularidad en la Naturaleza si en esta acontece lo que acontece por mero capricho de las divinidades que la gobiernan? Si todo ocurre simplemente porque sí ¿De qué manera podríamos encontrar una leyes que expliquen el funcionamiento de la realidad? Esto, desde la perspectiva mítica, resultaba absurdo.

La Filosofía (que en estos primeros años se confunde con la Ciencia o, al menos, con lo que hoy entendemos por ciencia), en cambio, abogará por la regularidad de los procesos naturales ya que esta queda demostrada por la mera observación. El agua llega a ebullición o la hacemos hielo siempre que la llevemos a ciertas temperaturas. Los procesos son de hecho constantes y predecibles: si un hombre toma hielo y lo acerca al fuego, el hielo se derretirá convirtiéndose en agua y, si esta sigue expuesta al calor, se acabará transformando en vapor. El hombre puede predecir los fenómenos naturales porque estos son regulares, porque existe un orden que podemos llegar a comprender. Dadas ciertas circunstancias se producirán siempre unas determinadas consecuencias (causa-efecto), con lo que se deduce que existe un carácter de “permanencia” en la Naturaleza, una regularidad y que no todo es un constante cambiar caprichoso guiado por fuerzas superiores inexplicables. Si logramos comprender y describir esas leyes permanentes de la Naturaleza, comprenderemos el principio que gobierna la realidad, pudiendo con ello predecir su comportamiento y dominarla en consecuencia.

Con ello, se comienzan a sentar las bases de la oposición clásica entre “sentidos” y “razón”. Mientras los sentidos muestran el cambio, lo aparente, la razón buscará los principios permanentes que resisten a todo cambio y que son el fundamento de la propia realidad. Siguiendo el ejemplo anterior: los sentidos me muestran cómo el agua cambia de estado, mientras que la razón me puede explicar cuál es la esencia del agua, en qué consiste su forma de ser esencial, independientemente del estado físico en el que se encuentre. Los sentidos apuntan hacia las cosas particulares, mientras que la razón busca el conocimiento universal, el principio fundamental de todo lo que existe.

Ese principio, arché o arjé para los griegos, que significase el origen y fundamento de toda la realidad, es lo que los presocráticos buscarán y situarán en distintos elementos como el agua, el aire, el ser, los átomos… De ese principio surge todo lo que existe y, a su vez, este está dentro de todo lo existente como fundamento mismo de su existencia, determinando su comportamiento.

Como apuntábamos antes, podemos comprender el comportamiento de la Naturaleza porque este posee regularidad, porque hay “permanencia” en su forma de comportarse y no todo está sometido a un constante cambio caótico y caprichoso. Esa regularidad, esa “permanencia”, es la cualidad principal del arché presocrático al que sólo llegaremos a través del estudio racional, a través del logos, a través de la Filosofía como ejercicio demostrativo riguroso. Cuando percibimos el mundo a través de los sentidos sólo vemos un amasijo de fenómenos cambiantes, si “miramos” a través de la razón (logos), podremos llegar hasta el fundamento que está más allá del cambio y que, de hecho, lo provoca y da sentido.

El conocimiento de la realidad será para los presocráticos, por tanto, una ardua tarea que sólo llegará a buen puerto si se realiza desde el más estricto orden y la más completa investigación racional. Atrás quedarán para ellos los mitos con su forma de narraciones fantásticas surgidas de la imaginación de los poetas. En el siglo VII a. C. surgirán en Grecia un buen grupo de librepensadores que darán distintas respuestas a la pregunta por el principio o fundamento de todo lo que existe, inaugurando con ello la investigación filosófica y también científica de la realidad.

¿Les echamos un vistazo?

1 comentario:

leyre50 dijo...

Gracias por su excelente blog