13/3/2011

LOS SOFISTAS Y SÓCRATES (XII): Contenido de la doctrina socrática


Sócrates no habló de la Naturaleza y sus leyes
o de los fenómenos celestes porque, para él, era una insensatez indagar sobre estas cuestiones antes de conocer debidamente lo humano. Además, el desacuerdo entre los físicos anteriores demuestra que el conocimiento de tales cuestiones supera las posibilidades del conocimiento humano. Es por ello que la filosofía socrática se va a centrar en el estudio antropológico, en el análisis del hombre y su acción.

El principio general de la ética socrática es que toda virtud, como hemos visto, se fundamenta en el verdadero saber. Para llegar a una verdadera moralidad el hombre debe obtener sus pautas de conducta a partir de un saber moral claro, seguro y verdadero. Si falta este conocimiento en la base de cualquier acción, por muy virtuosa que parezca ser, será rechazada por Sócrates como verdadera virtud. Hasta aquí nada nuevo con respecto a lo visto en la segunda entrada dedicada a Sócrates: toda virtud es un saber, pero ¿cuál es el contenido de ese saber?

A esto contestará Sócrates primero en términos generales: el hombre bueno es aquel que sabe qué es lo bueno y justo; es decir, que el hombre bueno, para ser bueno, debe saber (lo que es el bien); ergo el hombre bueno debe ser un hombre sabio (en lo que respecta a conocer la verdadera naturaleza del bien). No hace falta someter esto a un profundo análisis para darnos cuenta que aún Sócrates no ha especificado cómo podemos encontrar el camino hacia la virtud. Hasta el momento el filósofo ateniense se ha limitado a decir que el verdadero saber nos conduce a la virtud y que si somos sabios tendremos acceso a dicho verdadero saber que es el conocimiento del bien, pero ¿qué es el bien?

Para Sócrates “obrar bien” es actuar en conformidad con el concepto de la cosa, es decir, es el saber mismo en su aplicación práctica. Esto, que parece muy abstracto y complejo, no lo es para nada. Pongamos un ejemplo práctico de ello y se verá inmediatamente la sencillez del planteamiento ¿Quién sabe hacer bien el pan? Aquel que sabe cómo hacerlo. Si no disponemos de los conocimientos necesarios para llevar a cabo una acción como es debido (hacer buenas piezas de pan), no la podremos llevar a cabo bien (haremos malas piezas de pan). Por eso para obrar bien, primero tendremos que saber cómo se ha de obrar.

Evidentemente, en el ejemplo puesto, hemos hablado de una acción poco trascendente para el hombre, hacer o no hacer buen pan, pero cuando hablamos de la naturaleza humana la cosa cambia. Para Sócrates, la perfección espiritual del hombre es nuestra acción más elevada, pero, a fin de cuentas, también es un tipo de acción que, como todas, depende de su saber. Si el hombre no sabe como orientar su espíritu hacia el bien, nunca será un hombre bueno y este debe ser el objetivo de todo hombre. Nadie obra mal a sabiendas ni busca un mal para sí mismo, el que obra mal es porque desconoce el camino correcto (de hecho, no es que el hombre obre para procurarse un mal bajo ninguna circunstancia, sino que cuando hace lo que hace siempre cree que está haciendo lo mejor para sí mismo o para algún otro, aunque esto pueda ser algo malo en realidad cuya “maldad” no ha podido vislumbrar por puta ignorancia). Lo que se viene sosteniendo no es ni más ni menos que el bien es conocimiento y el mal, ignorancia. Si hacemos mal el pan es porque no sabemos hacerlo bien. Como decía al principio del párrafo, comer o hacer mejor o peor pan no es algo trascendental, pero dirigir bien o mal nuestra vida en función de lo sabios o ignorantes que seamos sí que marca la diferencia. No es lo mismo conducirnos bien en la vida gracias a saber en cada momento cómo debemos obrar, que hacerlo mal porque seamos unos ignorantes. Por eso el conocimiento del Bien supremo es el fin que debe perseguir todo hombre, porque es este el que nos orientará (bien, se entiende) en nuestra vida práctica y, al tiempo, dirá Sócrates, nos proporcionará un gran placer por sí mismo. Para Sócrates el Bien siempre repercute en un bien (y, en conclusión, el mal en un mal) y, puesto que todos deseamos para nosotros mismos el bien, todos buscaremos ese Bien supremo que nos permita vivir lo mejor posible.

Sócrates no abordó nunca (le hubiese resultado imposible) la tarea de ofrecer una exposición sistemática de las actividades morales, de intentar decirnos cómo debemos comportarnos en cada situación concreta que se nos pudiese presentar. Su deseo de instruir a los demás iba más allá que el de ofrecer un contenido ético cerrado ya que trataba de formar a ciudadanos justos en sí mismos, que tomasen el camino de la virtud de forma libre y autónoma, desde su propia sabiduría. Observemos que una de las citas más manidas y recurrentes de Sócrates es el “sólo sé que no sé nada” ¿Cómo iba este filósofo a crear un sistema de pensamiento cerrado en el que nos diese una solución a cada problema concreto, si el mismo decía ignorarlo todo? Por ello no escribía obras, presuponemos. Hubiese sido una incoherencia con su forma de pensar y su planteamiento básico de que el conocimiento lo tenemos que construir a partir del análisis, tratando de escapar de todas aquellas opiniones que han llegado a mí de un modo u otro (oyéndolas aquí o allá, de este o aquel...) y he podido tomar por ciertas sin habérmelas planteado jamás. Por todo esto, Sócrates nos legó su método que no es más (ni tampoco menos) que la herramienta con la que podremos alcanzar por nosotros mismos, de forma libre y autónoma, ese conocimiento del Bien al que todo debemos (o deberíamos) aspirar.

Teniendo en cuenta esto que acabamos de ver, creo que sí que merece destacar los tres puntos vitales que, según Jenofonte, Sócrates destacó en su teoría ética. Si bien no son una vía de conducta (como hemos señalado, Sócrates nunca abordó tal proyecto), sí que son un fundamento para entender su concepción ética y que nos sirve para entender la contribución que el Bien puede hacer a nuestras vidas:

a) El individuo: En los coloquios jenofónticos aparece una y otra vez que la continencia es la piedra angular de toda virtud. El individuo será más independiente cuanto menos esclavo de sus pasiones sea. Entre sus manifestaciones, una de las pasiones más recurrentes de la filosofía socrática es la de los goces sexuales: no los repugna más que cuando exceden de la necesidad física o sean impedimento para fines más elevados. Esto es aplicable en realidad a todas las pasiones: cuando estas nos dominen serán negativas, pero si tenemos la sabiduría suficiente para saber contenerlas cuando sea necesario, podremos disfrutar de ellas en el momento oportuno. La sabiduría nos hace aquí libre de nuestras pasiones.

b) La amistad: Para Sócrates la verdadera amistad sólo se puede dar entre hombres virtuosos. Es absolutamente necesario y natural que los verdaderos amigos lo hagan todo los unos por los otros. Por ello la amistad conduce a la benevolencia y la virtud porque nos conduce más allá del egoísmo y el desate de las pasiones individuales.

c) La actividad política: Quien pretende vivir entre hombres tiene que vivir en la República, como gobernante o como gobernado. Esto es así porque precisamente el vivir en sociedad es vivir bajo ciertas leyes (gobernados) impuestas (por el/los gobernante/s). Ir en contra de esas leyes es ir en contra del pilar mismo que sostiene la vida en sociedad. Sócrates no sólo exigirá la absoluta obediencia a las leyes, sino que identificará lo justo como lo legal. Con su propia vida confirmó esos principios al no infringir las leyes ni siquiera cuando le fue impuesta una injusta condena.


Para Sócrates, y esto será objeto de análisis en la siguiente entrada, la actividad filosófica tiene una deuda con la República: el hombre capacitado o virtuoso (sabio) debe participar en la vida pública (política) para disuadir a los incapaces (ignorantes). Tiene su lógica dentro del sistema socrático: el sabio, aquel que conoce lo que es el Bien, comprende que el que obra mal lo hace por ignorancia. El conocimiento del Bien conduce a la benevolencia y por ello el que lo tiene (sabio) se siente obligado éticamente a ayudar a aquellos que se mueven por su ignorancia, para sacarles de ella y orientarles hacia el camino del Bien que no son capaces de alcanzar por ellos mismos (de esta forma, como vemos de nuevo, el Bien sigue llevándonos a otro/s bien/es: el sabio que conoce lo que es el Bien ayuda a los demás a salir de su ignorancia con su benevolencia y, a cambio y al mismo tiempo, se ve él mismo recompensado al vivir en una sociedad más buena y justa). Por todo esto el filósofo ateniense aspirará a un saber (el del Bien) que debe dirigir a la República (porque ese conocimiento del Bien, al ser aplicado a la vida política orientará las vidas de todos los integrantes de la polis, hasta los más incapaces) y no como pretendían los sofistas a dominarla.