21 mar. 2011

LOS SOFISTAS Y SÓCRATES (IV): El escepticismo y relativismo sofista


La nueva educación sofista (de la que hablamos en la entrada anterior) supuso un ataque hacia los antiguos valores socialmente aceptados: ellos sostenían, frente a la creencia popular, que la “virtud” (cualidad que permite al individuo tomar las decisiones correctas hasta en las circunstancias más difíciles, para dirigirlo todo siempre en su propio beneficio) no era algo innato en ciertos hombres privilegiados (aristócratas), sino que mediante la educación y el aprendizaje cualquier persona podía llegar a poseerla y alcanzar con ella una posición más elevada. Esto fue lógicamente mal visto por los más conservadores (que seguían defendiendo que la virtud del individuo era una cuestión de “nobleza de sangre”, es decir, algo dado por naturaleza) y, como veremos después, por aquel que, aun dándole también valor a la educación y la capacidad de “ennoblecerse” que tiene el alma a través del análisis y el estudio, abanderó una filosofía totalmente contraria a la de los sofistas. Este individuo no es otro que Sócrates.

La “verdad” y la “virtud” en manos de los sofistas pasaron a ser una verdad y virtud práctica, entendida en términos de utilidad. Debemos prestar atención a esta cuestión porque en ella radica la diferencia esencial que hará que sofistas y Sócrates se conviertan en contrarios y, más aún, enemigos dialécticos. Para el sofista no existe más “verdad” que aquella que sirve para conseguir algo: lo verdadero, lo valioso, es lo que conlleva una finalidad práctica. Dicho de manera más sencilla: lo verdadero, lo bueno, lo que merece la pena alcanzar es todo aquello que me puede llevar a conseguir logros, a alcanzar el éxito en la vida. No se busca la “verdad como ideal”, sino el “conocimiento útil” que nos facilite y otorgue el éxito personal que, como ya sabemos a estas alturas o deberíamos, para el ateniense del siglo V a.C. dependía enteramente del éxito social.

Pero cabe preguntarse ahora ¿por qué define el sofista la “verdad” y la “virtud” en términos de utilidad y beneficio? Pues porque para estos pensadores resulta imposible definir cuál es la “verdad” entre dos o más opciones distintas. Si yo sostengo “A” y tú sostienes “B” ¿Podría alguien objetivamente y de forma certera determinar quién tiene razón o mostrarnos nuestra equivocación dándonos la respuesta objetivamente verdadera? El sofista dirá que no, que tal afirmación objetiva sobre cuál es la “Verdad” (única y certera) resulta imposible y que el decantarnos por una u otra dependerá siempre de factores subjetivos: que se acerque más a nuestra forma de pensar, que nos la hayan inculcado desde pequeños, que nos convenza por estar mejor expuesta, etc. Yo tendría razones para argumentar por qué “A” es mejor que “B” y tú, al contrario, argumentarías para defender que “B” es mejor que “A”, pero nadie podría decir desde una posición infalible que una postura es verdadera y la otra falsa. El sofista solo tenía que echar la vista atrás y decir: ¡Cuántas teorías sobre la Naturaleza (physis)! ¡Y todas pretendiendo ser verdaderas! Cuando lo cierto es que si una hubiese podido erigirse como la auténtica, como la Verdadera, entonces se hubiese impuesto ante las demás. La realidad, en cambio, demostraba que en toda Grecia seguían existiendo partidarios del pitagorismo, la escuela de Elea, los atomistas…

De todo esto se derivan dos conclusiones:

1) Los sofistas eran relativistas: La mayoría de los sofistas fueron grandes viajeros, conocedores de la diversidad de creencias religiosas, principios morales, costumbres, organizaciones políticas… Por ello, al plantearse la naturaleza de las creencias humanas, observaron que las ideas y opiniones de los hombres varían de unas sociedades a otras, de unos individuos a otros y de unos momentos históricos a otros. Así, en cada situación (personal, social, geográfica, temporal...) cada cultura y cada individuo se forja una opinión sobre lo que es verdadero, bueno, virtuoso… Opinión que no tiene por qué coincidir con la de otra cultura u otro individuo que viva en otra región y en otro tiempo. Los valores (morales) y el conocimiento humano son relativos al hombre que los sostiene (o como diría el propio Protágoras, al que dedicaremos una entrada más adelante: “El hombre es la medida de todas las cosas”).



2) Los sofistas eran escépticos: Como decíamos más arriba, entre dos posturas adversas (o las que sean) no cabe determinar de manera objetiva cuál es la verdadera y este hecho les hace plantearse un problema que, a la postre, será habitual y de gran trascendencia en Filosofía: el de los límites del conocimiento humano. Y está claro que están determinando que el conocimiento humano es limitado cuando nos dicen que el mismo es relativo y subjetivo al depender siempre del individuo que lo sostiene. La Verdad (en sentido absoluto) es algo inalcanzable por definición para el sofista y, por ello, constituye un esfuerzo inútil todo intento de llegar hasta la misma.


Así, si no cabe determinar la Verdad de manera objetiva y absoluta, los sofistas creerán que debemos orientar la búsqueda hacia otra dirección más práctica: se trata de hacer que “nuestra verdad” se imponga a la de los demás, para así procurarnos el éxito.

Pero esto lo trataremos con más profundidad en la siguiente entrada donde veremos la relevancia que tenían estas posturas relativista y escéptica en su aplicación real en el ámbito ético-político. Lo que importa es procurarnos el bien (ética) y como este va a depender de nuestra situación social (política), el individuo tendrá que aprender a desenvolverse en ese hábitat tan hostil y complejo para alcanzar su felicidad.

Todo esto, como digo, lo veremos en la próxima entrada dedicada a los sofistas.

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