20/3/2011

LOS SOFISTAS Y SÓCRATES (V): La doctrina ético-política sofista









 Antes del nacimiento de la Filosofía, el término nomos” significaba “costumbre” o “ley humana” y tenía un fundamento religioso: las normas o leyes humanas se fundamentaban en la voluntad de los dioses. Entre los primeros filósofos (presocráticos) que trataron la cuestión de la naturaleza del hombre, las leyes humanas quedarían fundamentadas en la Naturaleza misma, y al tener esta un comportamiento fijo podemos decir que las mismas resultaban necesarias. Es decir, hasta el momento, la consideración de las leyes humanas era que estas eran necesariamente tal y como debían ser, ya que las mismas se fundamentaban en la voluntad divina y la Naturaleza, y ambas son inamovibles.

Con la sofística, la palabra “nomos” pasó a significar “convención”, “norma” o “contrato” y, a menudo, se oponía a “physis” (Naturaleza) ¿Y por qué se oponían “nomos” y physis”? Pues porque mientras que las leyes de la “physis” son, como decíamos, necesarias, las del “nomos” (leyes humanas) son puras convenciones, acuerdos entre los hombres que se pueden modificar en cualquier momento o bien podrían ser otros totalmente distintos. Pongamos un ejemplo sencillo: La de la gravedad es una ley física de la Naturaleza que resulta necesaria e inevitable, pero una ley que regule los impuestos que paga un ciudadano no es necesaria e inevitable, sino que se decide por consenso político y puede cambiar en cualquier momento.

Los sofistas defendieron el carácter convencional, no solo de las leyes políticas, sino también de las costumbres sociales y, lo que es más importante, hasta de las normas morales. Y esto se debía fundamentalmente a dos razones: 1) La falta de unanimidad acerca de lo que es bueno o malo según la cultura que observemos y 2) las conclusiones derivadas de comparar las normas morales vigentes con la propia naturaleza humana. Lo primero se entiende fácilmente: cada cultura decide lo que es bueno o mal según sus propias ideas (no se rige por el mismo código moral una sociedad como la nuestra y, por ejemplo, la china). Lo segundo se entiende si pensamos, junto a los sofistas, que las dos normas naturales de comportamiento básicas que se dan en todo ser humano son: la búsqueda del placer y el dominio del más fuerte (de hecho son las dos normas naturales de conducta en todo animal: búsqueda del beneficio propio y dominio sobre el otro). Las normas morales que rigen las sociedades, por definición, deben ir en contra de dichos comportamientos naturales (porque precisamente la sociedad se basa en la ruptura con esos principios naturales egoístas) y por ello los sofistas dirán que son “antinaturales” y “artificiales”.

De acuerdo con las enseñanzas sofistas, como ya vimos en la anterior entrada, si no hay ninguna verdad absoluta y universalmente válida, cada individuo tiene derecho a seguir su arbitrio e inclinaciones, y si las leyes de la polis se lo impiden, entonces se agrede contra su derecho natural y supone una coacción que nadie está obligado a aceptar, al menos moralmente hablando. Desde este punto de vista, las leyes positivas (humanas) son preceptos arbitrarios para el beneficio de los que ostentan el poder: los gobernantes. No creo que haya mucho que aclarar aquí porque la cuestión es sencilla de comprender: No existen verdades absolutas y las leyes no escapan a esta conclusión. Las leyes humanas son las que son no porque tengan que ser esas en concreto, sino porque los gobernantes que ostentan el poder así lo deciden. Pero no existe una obligación moral necesaria de cumplirlas (distinto es que nos obliguen por la fuerza, razón por la cual son generalmente respetadas las leyes) por parte del individuo cuando estas pretenden establecerse como un “valor absoluto” por encima de sus propios intereses.

La conclusión a la que llegan los sofistas es simple: Ya que las leyes humanas son arbitrarias, convencionales y susceptibles de ser cambiadas, y debido al hecho de que nunca vamos a llegar a la concepción de unas leyes universalmente válidas, lo mejor que podemos hacer es tratar de cambiar esas leyes en nuestro propio beneficio y procurar que estas siempre se orienten hacia nuestros intereses (cosa que era posible en una sociedad tan participativa en el poder político como la ateniense).

Los sofistas también incluirían como preceptos y prejuicios arbitrarios toda creencia religiosa. Si nada en este mundo puedo saber con certeza, doblemente imposible será llegar hasta las recónditas y escondidas causas de las cosas. Protágoras y Critias defendieron que si las cosas que vemos son para nosotros aquello que queremos que sean, aquello que no vemos con más razón será puesto por el sujeto. Su postura al respecto era radicalmente atea: el hombre no es la criatura, sino el creador de los dioses.