18 mar. 2011

LOS SOFISTAS Y SÓCRATES (VII): Principales sofistas: Protágoras y Gorgias

Protágoras de Abdera nació en torno al 485 a. C. y murió en torno al 411 a. C., probablemente ahogado tras zozobrar el barco con el que viajaba rumbo a Sicilia tras ser desterrado o encontrarse huyendo de la pena de muerte, debido a la acusación que recibió por impiedad. Esta acusación se debió a que Protágoras señaló que desconocía la existencia o inexistencia de los Dioses, algo no muy bien visto en la sociedad ateniense del siglo V a. C. Aunque no se ha conservado nada de su obra directamente, sí que se nos han llegado fragmentos de su pensamiento en los Diálogos de Platón, así como en obras de Aristóteles, Sexto Empírico y Diógenes Laercio.

Posiblemente fue el primero de los filósofos que se autodenominó “sofista”. Su tesis más importante se resume en la famosa sentencia:

“El hombre es la medida de todas la cosas, de las que son en cuanto que son y de las que no son en cuanto que no son”

Existe cierta discusión respecto al sentido de esta afirmación: ¿Se refiere al hombre particular o al ser humano como especie? Sea como sea, hay coincidencia en el hecho de reconocer que Protágoras expone con ella una postura relativista acerca del conocimiento, cuyo límite es la experiencia humana. Esto es fácil de comprender: Medimos lo grande y lo pequeño según nuestra propia medida (si midiésemos 100 metros la percepción del tamaño cambiaría con respecto a la que poseemos hoy en día); lo duradero de lo que no lo es según nuestra percepción del tiempo (si viviésemos 10000 años seguro que tendríamos otra percepción del ritmo al que transcurre nuestra vida; incluso cuestiones a priori menos concretas, como la apreciación de lo que es “bueno” o “malo”, las hacemos bajo el punto de vista de nuestra propia naturaleza (beber veneno nos parece “malo” (peor aún es dárselo a beber a alguien…) porque es negativo para nuestro organismo hacerlo, si, en cambio, tuviese un efecto totalmente positivo lo consideraríamos “bueno”).

Protágoras aceptó el relativismo y lo abanderó como buen sofista: El Ser se identifica con la apariencia (oposición total a la idea de Parménides). Si la “Verdad” absoluta no existe, nadie piensa erróneamente y por eso la polis ha de organizarse a partir del consenso entre opiniones diversas, pero igualmente válidas o legítimas. Así surge la cultura (nomos, convención), no de forma natural en el hombre, sino por la necesidad de progreso y expandirse más allá de su propia naturaleza.

Con respecto al problema teológico, Protágoras es un autor pragmático, empirista (basa su conocimiento en aquello que puede experimentar en la realidad) y escéptico (y esto le traería no pocos problemas, como hemos visto):

“Acerca de los dioses yo no puedo si existen o no, ni tampoco cuál sea su forma, porque hay muchos impedimentos para saberlo con seguridad: lo oscuro del asunto y lo breve de la vida humana”

Gorgias nació en Leontinos, Sicilia, entre el 500 y el 483 a.C. y murió en Tesalia el 380 a.C. (con aproximadamente 105 años y a causa de haber dejado de comer voluntariamente). Fue discípulo de Empédocles y acudió a Atenas en calidad de embajador de su ciudad. Se movió en el mismo clima intelectual que Protágoras, pero mantuvo un planteamiento más radical que este, acentuando más el escepticismo sofista.

Gorgias otorga una importancia suprema a la palabra, no en el sentido que manifieste la realidad, sino en un sentido negativo que le condujo a un radical escepticismo lingüístico. Para explicar su teoría recurría a atacar la filosofía eleática (interesa, por tanto, conocer la misma que ya se explicó en las entradas dedicadas a ese fin) y allí donde Parménides defendía que el Ser es la realidad de la Naturaleza, por similares razones, pero inversas, Gorgias defenderá qu elo es el No-Ser.

Sus tesis fundamentales son:

1) Nada existe. Si las cualidades del Ser de Parménides eran la eternidad, ser imperecedero, perfecto… Gorgias argumentará que en la Naturaleza, nada “es”: el Ser no se puede dar puesto que en la realidad todo es mortal, perecedero, imperfecto…

2) Si existiese alguna cosa sería incomprensible. No podríamos comprender el Ser porque estaría más allá de nuestras posibilidades ¿Cómo conocer lo perfecto, eterno, inmutable, etc. si yo mismo soy justo lo contrario (imperfecto, mortal, mutable, etc.)?

3) Aun cuando la pudiésemos comprender, no la podríamos comunicar. Aquí es donde llega al escepticismo lingüístico definitivo: Aun existiendo la realidad y siendo para nosotros comprensible (dos cosas que Gorgias ya niega de base, como hemos visto), no podríamos transmitir tal “Verdad” ya que nuestro lenguaje es incapaz de hacerlo al ser impreciso, imperfecto y, por ello, totalmente distinto al Ser.

Gorgias niega la tesis de Parménides que identifica “Ser” y “conocer”. Para Parménides, el conocimiento del “Ser” es el “verdadero conocimiento” porque el “Ser” es la “verdadera realidad” (recordemos esto, el “Ser” como verdadera realidad y la realidad en la que habitamos como mezcla de “Ser” y “No-Ser”). Pero para Gorgias “realidad” y “lenguaje” son dos cosas distintas. La palabra no porta significación alguna, es arbitraria (el hombre ha construido su lenguaje al azar: la palabra “perro” denomina al animal perro porque así lo hemos querido, porque bien podríamos haber llamado al perro, por ejemplo, “gato”) y un mero instrumento que utilizamos para tratar de atrapar una realidad que nos resulta inalcanzable. Por lo tanto, con la palabra no podemos designar y comprender el Ser, como Parménides pretendía, y debemos olvidar esta pretensión.

Así, la palabra no nos da verdadero conocimiento, porque este resulta imposible (escepticismo), pero sí que puede sernos útil: a través de ella (la palabra) puedo alcanzar el dominio de la persuasión y la retórica, consiguiendo con ella, al mismo tiempo, el dominio de la realidad en la que habito. Y ya vimos durante el desarrollo de este tema lo beneficioso que puede ser para el individuo tal dominio.


Protágoras y Gorgias fueron las principales figuras de la sofística. En la siguiente entrada veremos a otros de, tal vez, menor calado histórico, pero de un interés filosófico que merece ser tenido en cuenta.


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