22 de mar. de 2011

LOS SOFISTAS Y SÓCRATES (III): Los sofistas y la educación


Los sofistas fueron un grupo de intelectuales, de origen no ateniense, que acudieron a la ciudad griega de Atenas, centro cultural de Occidente, hacia la segunda mitad del siglo V a.C. Serán los primeros “filósofos profesionales” de la historia que ganarán dinero con la enseñanza de la Filosofía.

Las causas de la aparición de la sofística fueron varias: la supuesta “crisis en el espíritu griego” (pérdida de la identidad cultural griega como patria total al enfrentarse la ciudades-Estado griegas entre sí); descubrimiento de un nuevo mundo en Oriente; y, sobre todo, la irrupción de las “masas” en la vida pública (cualquier ciudadano tiene voz y voto en el terreno político y los cargos públicos se sortean). Los sofistas representan el paradigma de filósofo en consonancia con los cambios sociales de su época. Fueron filósofos que se adaptaron a su momento histórico y supieron ver las necesidades que el nuevo orden político, la democracia, demandaba (para ver más sobre este “nuevo orden político” que se da en la Atenas del siglo V a.C. acudir a la primera entrada dedicada a los sofistas y Sócrates).

Los sofistas se presentaron básicamente como “técnicos de la educación” capaces de formar a los individuos interesados en el arte de desenvolverse bien en el ámbito público. La técnica del sofista para “captar clientela” era simple y consistía en: Primero se dirigían públicamente a las masas con discursos abiertos con los que se ganaban renombre y recordaban a los ciudadanos la importancia de aumentar el nivel cultural, para el beneficio real de la sociedad y, por ende, el propio (como vimos en la primera entrada, el ciudadano de una democracia como la ateniense no se puede concebir apolíticamente, es decir, desligado de su ciudad y la gestión de la misma). Posteriormente, tras exhibirse en público y haber captado la atención de los interesados, el sofista ofrecía cursos privados dirigidos a grupos reducidos que pagaban por los mismos. En ellos se trataba de formar a los futuros gobernantes de la ciudad.


Este fin que perseguían los sofistas puede sonar extraño en una sociedad políticamente abierta como Atenas, en la que culquiera podría estar en puesto de poder. Pues bien, formar gobernantes era posible porque si bien en la democracia cualquier ciudadano tenía peso político y podía decidir con su voto en las Asambleas populares, además de que podía ostentar un cargo público por sorteo, no debemos olvidar que: las propuestas se presentaban oralmente para su votación en dichas Asambleas, por lo que las mejor expuestas podían persuadir a los congregados para que las votasen; y, además, algunos de los cargos más importantes no se elegían por sorteo, sino que se otorgaban a aquellos que los ciudadanos consideraban mejor preparados para desempeñar dichos cargos. En ambos aspectos podía incidir la “educación sofista”: Ayudaba a mejorar las habilidades para hablar en público (como veremos cuando definamos la retórica) y aumentaba el nivel cultural y formativo de quien recibía dicha educación, preparándole como alguien apto para desempeñar esos cargos que no se sorteaban, sino que se otorgaban a los mejores entre los ciudadanos de la polis.

En esto radica la importancia de la educación para los sofistas: La virtud (areté en griego) necesaria para obtener éxito en la vida social y pública se puede aprender con esfuerzo y ejercicio, por medio del aprendizaje, por lo que no había que ser “noble” para alcanzar tal objetivo (aunque sí que se tenía que disponer de dinero suficiente para pagar tal aprendizaje). Por esto creía el sofista que estaba en disposición de impartir esos cursos privados y cobrar por ellos: porque lo que transmitía era un conocimiento útil, utilísimo, para triunfar en el ámbito social, político y personal. Un sofista como Protágoras pensará que el éxito de la educación, aunque radica en algunas aptitudes naturales propias de quien aprende, no llegaría a ser tal si no se ejercitasen, mediante el aprendizaje, dichas aptitudes en el individuo que las posee. La areté o virtud pasa de ser un “don natural”, como pensaba el griego anteriormente, a ser una habilidad para triunfar en la vida, habilidad esta que se puede aprender y ejercitar.


No está mal esta idea de que cualquiera podemos llegar a ser cultos, sabios y capaces si "entrenamos". Al menos está mucho mejor que aquella que sostenía que la mayoría estábamos condenados desde nuestro nacimiento, de forma natural, a la ignorancia y sus nefastas consecuencias.